Según se van desvelando detalles de los gastos de
las tarjetas black por parte de los consejeros de Caja Madrid se perfila la
fotografía de la España del señoritismo cutre y chulesco que creíamos del siglo
XIX pero que sigue, incólume, en el XXI. Los usuarios de esas tarjetas opacas,
fantasmales o negras, llevaban, según el análisis de los cargos, la vida de los
señoritos parásitos que retrataban las novelas costumbristas: devotos de día,
puteros de noche.
Esos elementos, a los que un juez no encuentra
causa para imputar, da igual si eran banqueros, políticos de derecha o
izquierda o sindicalistas, llevaron, durante los años del expolio -los que
decían que eran el común de los mortales los que gastaron por encima de sus
posibilidades-, la misma vida que sus abuelos o tatarabuelos: de cara a la
galería eran conspicuos caballeros responsables, entregados a su profesión,
fieles con sus principios… aunque en sus horas libres su tendencia machista al
putiferio queda en evidencia al ver cómo pagaban, con el dinero de todos, los
lujosos niditos de amor espurios, en hoteles de cinco estrellas en los que se
mostraban generosos con las trabajadoras del sexo.
Es muy posible que la revelación mediática de esos
gastos ponga en aprietos los matrimonios de esos honestos banqueros,
sindicalistas y políticos de apariencia impecable, de moral pública y vicios
privados. ¿Cuántas mujeres habrán descubierto que sus maridos, esos que
pretextaban mucho trabajo en sus responsabilidades políticas, bancarias o
sindicales, pasaban las tardes, o las noches, en hoteles de lujo con
prostitutas? La idea da risa, porque, dentro del drama de la impunidad y el
saqueo, parece un acto de justicia poética que más de una parienta corra a
gorrazos a su marido, no por haber sido un ladrón, sino por haberla sido infiel
con la alevosía que permitía su cargo.
La fotografía en sepia del comportamiento de tales
elementos, devotos compradores de arte sacro y sexo mercenario simultáneamente,
explica toda la gestión de una crisis fabricada por ellos mismos, para explotar
a los trabajadores y ser, cada año, más
ricos; concretamente un 24% desde 2013. Los 1.776 milmillonarios españoles, que
acumulan el 56% de la riqueza del país, explotan a los trabajadores y acuden a
misas y prostíbulos con la soltura que adquirida durante muchas generaciones de
explotando, robando y jodiendo, en todos los sentidos.
Lo hicieron y pretenden seguir haciéndolo con la
misma impunidad que explotan a los trabajadores, roban al pueblo y, si se
tercia, ejercen el derecho de pernada, en forma de acoso laboral aunque en
contadas ocasiones su comportamiento abusivo les haga dar con sus huesos en la
cárcel, como le ha sucedido al exdirector de una aseguradora que acosó a seis
de sus trabajadoras. Aunque, es evidente, que ese directivo no estaba en la
cúpula de una empresa del IBEX.
El uso de las tarjetas en prostitución y
comilonas, en compra de ropa interior femenina, que sin duda no era para sus
santas esposas y de arte sacro, a costa del dinero de los preferentistas, de
todos los ciudadanos obligados a asumir el rescate de una entidad que utilizó
la casta para actuar como tal demuestra que no hubo diferencia entre los
integrantes de la derecha y la izquierda, su pertenencia a la elite gobernante
hizo olvidar a sindicalistas, socialistas o integrantes de IU, que su
responsabilidad era velar por los derechos de los ciudadanos. Se les subió a la
cabeza el dinero, los coches oficiales, los guardaespaldas y las prebendas, que
les hizo experimentar una abyecta metamorfosis, de defender a los trabajadores
pasaron a explotadores de prostitutas, a clientes de hoteles de lujo, a
desfalcadores de lo público.
Los otros, los pertenecientes a la derecha lo
llevaban en el ADN.
Fueron generaciones robando y explotando y no renuncian a
seguir haciéndolo, tienen para ello el paraguas de la casta política y judicial
que protege sus ilegalidades tanto de los suyos como de los supuestamente
‘contrarios’ que ya no lo son, porque los ha igualado la inmoralidad.
Por eso se
niega el PP a crear una comisión de investigación en el Congreso, o el juez de
la Audiencia Nacional, Fernando Andreu, a imputar a los desfalcadores de lo
publico. Tampoco Hacienda procederá contra ellos, dice que sus latrocinios han
prescrito.
Aún alzan la voz algunos expedientados del PSOE,
amenazan con ‘tirar de la manta’ de la financiación ilegal, a la que, sin duda
coadyuvaron. Por ello consideran que tenían derecho a gozar del putiferio, de
esa jodienda que dice el dicho popular no tiene enmienda. Son todos, de
derechas o de izquierdas, sindicalistas y banqueros la misma casta abyecta y
ladrona que ha llevado al país a donde está ahora: En manos de una pandilla de
seres sin moral que igual se comen los santos a cucharadas que mantienen a una
puta.
Son la casta, los integrantes de esa España ruin,
zaragatera y triste que describía el poeta. Quienes se santiguan con una mano y
con el resto de su ser fornican con putas y joden al pueblo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario